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REWIND: Así es como el reinado acaba

UFC 162 tiene un significado especial para Indiscutido. Con menos de un mes de vida fue la primera función que cubrimos en sitio, en esa ocasión la ciudad de Las Vegas, Nevada y el MGM Grand Garden Arena serían testigos de la sorprendente victoria de Chris Weidman ante Anderson Silva. En “REWIND” recordamos los textos importantes de nuestra historia y a dos días de la revancha entre Weidman y Silva recordamos lo que escribió desde Las Vegas nuestro editor en jefe, Rodrigo Del Campo terminando el combate. Publicado originalmente el 7 de julio de 2013.

“Aquí están viendo el futuro. Cuando termine le pasaré la antorcha. Pasaré la antorcha. Miren, el futuro. La gente recordará cuando sea campeón ‘¡Yo lo recuerdo del videoblog!’ Todo un All-AmericanMatt Serra presentando a Chris Weidman en el vlog de UFC 119

“I will stand my ground and I won’t back down” -Tom Petty

“That’s my boy!” El padre de Chris Weidman, con lágrimas en los ojos y la sonrisa más grande de mundo, abrazaba a la madre de Chris y gritaba orgulloso en la sala de prensa. Su hijo acababa de sorprender al mundo, vencía al campeón medio del UFC Anderson Silva en el momento más sorprendente en la historia de la promoción.

No es que nadie pensara que Weidman no podía ganar, todo lo contrario, aún sabiendo que Anderson Silva podía sacar algo de la manga, Weidman tenía posibilidades. Simplemente, nadie pensó que sucedería de esta manera.

Vimos los problemas desde UFC 153 en octubre del año pasado ante Stephan Bonnar. La esquina de Silva le rogaba que fuera más serio, que terminara el combate. Ignorándolos por completo, hizo lo que quiso. Todos veíamos claramente que el nivel de contrincante era completamente inferior, pero no había necesidad de humillar y exhibir.

Lo hizo por años, en la mayoría de sus defensas, pero Chris Weidman no es Stephan Bonnar, no es Patrick Côté, no es Thales Leites, no es Demian Maia. Su mente y la de un equipo que no quiere más que su éxito no lo permitirían.

Desde una conferencia telefónica con medios comenzaba la condescendencia de Silva, “yo no estoy entrenando para mi oponente, entreno para mejorarme, para superarme”. El jueves durante la conferencia de prensa en el lobby del hotel sede en Las Vegas, Silva pasó el tiempo payaseando, haciendo muecas, restando importancia. Era una pelea que desde un principio no quería tomar, pensaba que Weidman no era un nombre importante, que no estaba a la altura y no merecía compartir un octágono con él. Al finalizar la conferencia vimos la segunda parte de la estrategia. Al momento del careo Silva, con las manos abajo se acercó en un movimiento continuo a Weidman hasta que sus barbillas tocaron. El retador jamás dio un paso hacia atrás, manteniendo su lugar.

Al otro día, en el careo posterior al pesaje oficial, una confrontación de mayor nivel. El campeón subía a la báscula haciendo gestos, intentando ser gracioso sobre la báscula, pero al descender iría con todo hacia Weidman, pegando su rostro por completo al del retador e intentando moverlo, nadie cedió y tuvieron que ser separados. Siguieron las palabras terminando con un sarcástico gesto de Weidman que levantaba su pulgar ante las amenazas del campeón quien perdía los estribos.

La hora llegaba y el retador caminaba al octágono con una bandera de EE.UU. a sus hombros.”I will stand my ground and I won’t back down” cantaba cláramente Tom Petty en la canción que acompañó al retador a su destino.

El combate iniciaba y Weidman iba por el derribo, Anderson lo bloqueaba de manera perfecta, poniendo las manos en la espalda y los hombros de Weidman y empujando su cuerpo a la lona, alejando sus piernas. En una muestra impresionante de nivel de lucha el retador tomaba las rodillas del campeón y lograría girarlo, ambos terminando en la lona con Weidman en la parte superior.

Aún con Silva amarrando las piernas de Weidman con las suyas, para evitar que este pasará la guardia y mejorara la posición, Weidman comenzó el castigo. La fuerza con la que los puños del retador aterrizaron sorprendió a Silva, el daño hecho en menos de dos minutos era mayor que el que había recibido en la mayoría de sus peleas combinadas. Sería el fin de la paciencia de Silva.

Cuando la pelea regresó a la posición de pie bajó las manos y le exigió a Weidman que lo golpeara. El retador conectaba en ocasiones y en otras se lucía el campeón, pero algo se sentía diferente, no era una simple estrategia, Silva estaba furioso. Furioso de pensar que Weidman podía estar a su nivel, furioso de que por primera vez en un octágono había sentido el daño de un oponente, furioso de que no podía romperlo mentalmente y que aún alcanzando a conectar, fallaba en sus intentos por terminar la pelea.

Entre el primer y segundo asalto Ray Longo, entrenador en jefe de Weidman, le decía que fuera por él, siempre al frente, siempre tirando “quiero que hagas un hoyo en su su pecho”. La esquina de Silva le pedía que dejara los juegos.

Al inicio del fatídico segundo asalto Silva seguía con la táctica, hasta que al igual que en el piso al inicio del combate, sentiría daño. Un golpe de Weidman lo enfurecería después del contacto. Pausó por un momento y explotó, caminando al centro del octágono haciendo una mueca para mostrar que no había sentido el daño y una vez más invitó a Weidman a golpearlo.

Una combinación falló los primeros golpes, pero cumplió su cometido cuando el segundo golpe, una derecha, distrajo la atención del campeón que en su retirada y con la guardia abajo, no veía venir la mano izquierda que lo mandaría a dormir. Silva, al haber retado a Weidman había cometido un error que probaría ser fatal: Sus piernas no solo estaban completamente alineadas y dando todo el frente a su oponente, estaban demasiado separadas. Cuando Weidman se acercó le fue imposible desplazarse.

En el suelo, separado de todo sentido, con la afición de pie y con el mundo observando, recibiría un golpe más de Weidman quien voló por el aire y descargó toda la furia acumulada en el mentón de Silva. Seis golpes en total serían lanzados y conectados en los pocos segundos que le tomó a Herb Dean desplazarse y detener el combate.

Así es como el reinado acaba. Así es como el reinado acaba. Así es como el reinado acaba. No con una explosión sino con un gemido. El gemido de una nación furiosa, de una afición en lágrimas, de una afición confundida. El gemido del más grande que hemos visto en nuestro deporte en la lona, atrapado en un círculo sin fin de hybris y presunción. Las manos al lado, entregando el cuerpo para presumir, para demostrar, para jugar con la cabeza. Lo hizo durante años, hasta que el fuego lo consumió.

El fuego se llama Chris Weidman, el fuego tiene 29 años y un gran reinado por delante. El fuego es de “Long Island, y nunca me fuí”. El fuego tiene a Ray Longo detrás, a dos de los más grandes del jiu jitsu brasileño, John Danaher y Renzo Gracie, detrás. El fuego tiene al ex campeón welter del UFC Matt Serra detrás. El momento en el que Serra presenta en un video diario hace casi 50 eventos a un joven peleador de la universidad de Hofstra proclamando que sería un futuro campeón aún cuando Weidman no había llegado al UFC sirve como prueba de un gran equipo que siempre planeó este momento, que sabía que sucedería y que lo aprovechó a la perfección.

Al término de la conferencia de prensa posterior al evento, Weidman se levantaba de su asiento y sonreía. Esta es la foto que acompaña este texto. Es la sonrisa de un hombre lleno, que siempre confió en sus habilidades, en su equipo, en su entrenamiento. Que no permitió que las palabras, los juegos, el enojo, acabaran con sus esperanzas.

Esa sonrisa es la sonrisa del nuevo campeón medio indiscutido UFC del mundo, Chris Weidman.

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