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Gilbert Meléndez supera a Diego Sánchez en una guerra de espíritu

La ovación fue tremenda, el tema de orgullo latino y mexicano que se dio durante toda la promoción de UFC 166 no quedó más claro que al momento en el que el primer ganador de “The Ultimate Fighter”, Diego Sánchez, y el excampeón ligero de Strikeforce, Gilbert Meléndez, llegaron al octágono.

Un renovado Diego Sánchez, con una dieta y entrenamiento como hace años no había hecho, se llevó lo que hasta ese momento era la ovación de la noche en su décimo novena excursión al octágono del UFC. Considerado por mucho tiempo como uno de los mejores en la división ligera en todo el mundo, Meléndez llegaba a su segunda pelea en la jaula de ocho lados.

El ímpetu de Sánchez le sirvió para tomar rápidamente la espalda de Meléndez e intentar una sumisión en el primer minuto de combate, pero Meléndez logró pasar el apuro y regresó a la pelea que el quería, de pie y con calma, presionando solo un poco a Sánchez y marcando puntos en el intermedio. La presión prometida por Diego no se veía venir, tomando las cosas con demasiada clama en los minutos de arranque.

A los 4 minutos de arrancada la pelea era claro el dominio de Meléndez. Sánchez solo había podido hacer contacto con él en ocho ocasiones, Meléndez en más de 30 ocasiones ya había cortado a Sánchez y se llevaba ampliamente el primer asalto incluso doblando a Diego quién se salvaba de una detención por la campana.

La cortada era un problema serio entre asaltos, así como la condición cardiovascular de Diego quién jalaba profundamente aire, con fuego en los pulmones pero alentado por 18,000 personas cantando “Let’s go, Diego!” en las tribunas.
Meléndez seguiría dominando, probaría todo el poder de Diego en un volado de derecha que entraría claro, pero lo absorbía y seguía con el plan.

Greg Jackson gritaba con fuerza en la esquina de Diego, Mike Valle hacía lo propio, la desesperación se veía en la cara de ambos, quienes gritaban para intentar que Sánchez presionara al frente en lugar de continuar circulando. “¡Vamos, chingada madre!” le gritaba a Diego un aficionado ataviado en los colores patrios con lágrimas en los ojos.

Esa era la historia de Diego, con un trío de entrenadores apoyando y aconsejando a fondo, con una afición entregada y enamorada de su estilo y su mística, Diego Sánchez salía al cierre de una de las peleas más representativas de su carrera, el corazón estaba ahí, pero Meléndez simplemente era superior.

En el tercer asalto nada de eso importaba, el corazón salía a brillar, la afición gritaba “Diego, Diego, Diego” sin parar, Sánchez respondía empujando con todo el espíritu, con toda la fuerza, con todo el deseo, provocando a Meléndez con gestos para que este fuera al frente e intercambiaran, derribando con una derecha espectacular a Meléndez e intentando someterlo en el piso. Probaría ser imposible con el sudor y la sangre. Regresarían de pie y las promesas hechas por ambos peleadores se cumplirían, ninguno iría para atrás, ninguno dejaría de tirar y empujar, corazón guerrero al frente, legados sellados con sangre, con pulmones de fuego y con corazones hinchados.

Las tarjetas serían 29-28, 30-27, 29-28 para Meléndez. La gente abucheaba por el amor a Diego, pero el resultado lamentablemente había sido claro. “Estuve fuera por un segundo, y regresé. No importa como sea, es la mejor pelea en la que he estado” diría Meléndez en el octágono.

Las primeras palabras de Sánchez serían inaudibles en la arena, la gente le regalaba una ovación de pie al guerrero que tanto se entregó. Diego pedía un cuarto y quinto asalto, reservados para campeonatos y peleas titulares.

El resultado no fue a su favor pero Diego probó algo esta noche, probó que después de ocho años, que después de incontables guerras, el corazón no ha disminuido y el espíritu con el que enamoró al público, sigue intacto.

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