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El verdadero legado de Caín Velásquez

El domingo 17 de febrero en Phoenix, Arizona, tras casi mil días de inactividad, el dos veces campeón mundial peso completo del UFC, Caín Velásquez, estará subiendo al octágono para su pelea número 17 como profesional y su pelea número 15 dentro del octágono del UFC enfrentando a Francis Ngannou.

Han pasado casi 11 años desde la primera vez que aquel exluchador, dos veces All-American por la Universidad Estatal de Arizona pisó el octágono del UFC.

Era apenas la tercera pelea como profesional de Velásquez cuando enfrentó a Brad Morris en UFC 83. En tan solo su octava pelea profesional tenía su primer evento estelar, UFC 110 en Australia, ante Minotauro Nogueira, quien meses atrás había sido campeón interino del peso completo.

En su novena pelea, la oportunidad al cinturón completo del UFC ante Brock Lesnar. Y es aquí, cuando la influencia de Caín Velásquez comenzó a sentirse en el UFC, Estados Unidos y Latinoamérica.

Hoy, más de ocho años después de la pelea, la historia de Lesnar ha cambiado. En esas fechas, era un monstruo que había vencido a un duro veterano como Randy Couture para coronarse, pero también a dos de los mejores pesos completos de su generación: Frank Mir y Shane Carwin.

La intención de Lesnar era provocar, vender la pelea, usar esa buena y mala maña que adquirió en la WWE y que ya lo había metido en problemas en el UFC. Pero terminó enfureciendo a la afición mexicana en territorio nacional y en Estados Unidos diciendo que se tomaría “Un burrito y una Corona” al vencer a Velásquez.

Al mismo tiempo, iniciaba la controversia entre una parte de los seguidores del UFC en Estados Unidos por el tatuaje que Velasquez lleva en el pecho, “Brown Pride”, queriendo buscar connotaciones racistas donde lo único que hay, es orgullo por la herencia de sus padres.

La estelar de UFC 121 en Anaheim fueron 4 minutos y 21 segundos que dieron orgullo y explosión a la afición latina del MMA. Velásquez dominó por completo a un Lesnar que aún hoy presenta la cicatriz en el pómulo del daño que el mexicano causó.

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Por primera vez un campeón del UFC era de origen mexicano. Por primera vez hablaba español, aunque algunos criticones y cangrejos digan que no muy bien, y por primera vez un latino era una de las imágenes fuertes a nivel promocional para el UFC.

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Deportivamente, Velásquez no tenía igual en esa época. Un auténtico Leviatán que llevaba a sus oponentes a terrenos impensables con su presión, volumen y acondicionamiento físico, representando el duro trabajo de los mexicanos y latinos que le quedó grabado con su padre trabajando en el campo, presentando la bandera mexicana y honrando la herencia de su familia.

Por primera vez el público mexicano y latino sentía que el UFC volteaba a esta región. Por primera vez los peleadores de estos países sentían la motivación y tenían la inspiración de que algún día podrían estar en el octágono.

Llegaron traspiés. Con toda la presión de la promoción encima, Caín decidió pelear lastimado en la primera pelea del UFC en televisión abierta en los Estados Unidos y perdió el cinturón en su primera defensa ante Junior Dos Santos.

Previo a UFC 155, donde enfrentaría por segunda vez a Dos Santos, una vez más en Estados Unidos los medios y el público cuestionaban el tatuaje de “Brown Pride” de Velásquez, convirtiéndose esto en tema de conversación previo a la pelea y con Cowboy Cerrone en una sesión de preguntas y respuestas con los aficionados haciendo el desatinado comentario de que si Caín podía tener ese tatuaje, ¿porqué el no podía tener uno que dijera “White Pride”? Olvidando claro la connotación de violencia de esa frase.

Antes de ese combate, donde Velásquez ganaría de nuevo el cinturón, recuerdo en Las Vegas escuchar a varios compañeros de medios que en privado no querían que Velásquez se coronara por su personalidad, porque querían un campeón que “les diera más” en las entrevistas, sin saber lo que vendría ese sábado en la noche.

El regreso solo aumentó la leyenda, y el dominio total presentado en dos peleas ante Junior Dos Santos solo animó más a los fieles seguidores, pero también a los detractores.

Invitación a medios para el anuncio de la primera temporada de The Ultimate Fighter Latinoamérica y el anuncio de UFC 180, primer evento del UFC en México.

Las lesiones afectaron y la fiebre disminuyó. El UFC finalmente llegaba a México, con una temporada de The Ultimate Fighter Latinoamérica detrás de ellos Velásquez enfrentaría a Werdum en el entonces Distrito Federal de México.

Caín fue el ausente presente de esa cartelera, reemplazado por Mark Hunt la noche de UFC 180 en la primera celebración del octágono al sur de los Estados Unidos.

Siete meses después Velásquez regresaba, pero cometía el error de no llegar más que una semana y media antes de UFC 188 a los más de 2,200 metros de altura de la ciudad, enfrentando a un Werdum que había pasado seis semanas a casi 3,000 metros cerca de Toluca, Estado de México, siendo ampliamente dominado y perdiendo la corona.

A casi cuatro años de ese combate, el único de Velásquez en México, el panorama es completamente diferente para los peleadores de la región y el año pasado llegó el segundo campeón de origen mexicano al UFC, Henry Cejudo.

El octágono ya ha visitado Chile y Argentina, México ha albergado cinco eventos del UFC y hay planes para que la promoción regrese a su capital en 2019 y este país ya ha debutado 30 peleadores nacidos en su territorio, todos ellos llegando a UFC después del debut de Velásquez.

Y aunque muchos no lo recuerden, hay un marcado antes y después de Caín Velásquez en el MMA y en el UFC para los peleadores de origen latino.

Pero si bien el legado de Velásquez en el octágono es amplio y abrió las puertas de par en par, ese lado no lo es todo.

En 2013 tuve la oportunidad de seguir a Caín Velásquez durante cuatro días consecutivos en la Ciudad de México.

En la ciudad para celebrar los 20 años del UFC, era imposible caminar por la calle con él. Cada cuadra el público se acercaba con admiración por una foto, a darle la mano, desde los autos le hablaban, en las comidas, los meseros se apilaban en las esquinas sin creer que él estuviera comiendo ahí en ese momento. 

Rodrigo Del Campo / Indiscutido.com

Visitas a las pirámides de Teotihuacán y la Basílica de Guadalupe, solicitadas por Velásquez al departamento de Relaciones Públicas del UFC, lo acercaron aún más a su legado.

Rodrigo Del Campo / Indiscutido.com

Aparte de ver el fenómeno de cerca, me permitió platicar muchos temas con él que nada tenían que ver con el deporte. Encontrando algunos puntos comunes, como el hecho de que su esposa trabajó alguna vez para un equipo de IndyCar como lo hizo mi padre, y sobre todo platicar sobre la familia y amigos. 

Es muy claro, si bien Caín Velásquez ama la competencia, ama el deporte y ama retarse a si mismo combatiendo a los mejores del planeta, todo gira alrededor de su familia, sanguínea o en el gimnasio. 

La fuerte amistad con sus compañeros de gimnasio, en especial con un Daniel Cormier que sacrificó gran parte de su carrera al bajar al peso semicompleto para respetar el lugar de Velásquez.

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El representar a México, cuya bandera ha usado en el protector bucal desde su primera pelea, viene por honrar el país de nacimiento de su padre y la herencia de su madre.

Esta pausa extendida, viene de querer pasar tiempo en casa con su hija y estar ahí para su esposa durante el embarazo, nacimiento y primer año de vida de su segundo hijo. 

Los títulos, los récords, los grandes momentos, siempre serán parte de la herencia que deje Caín Velásquez.

Pero la emoción y esperanza que trajo a los aficionados, el momento actual del MMA en Latinoamérica, las amistades, su actitud marcial en el deporte y el amor a su familia, ese siempre será el verdadero legado del campeón. 

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